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Crítica de la semana: Rocío Carrasco, el valor social más allá del ruido

ANÁLISIS | Semana del 22 al 28 de marzo de 2021

Desde el falso documental de Jordi Évole sobre el 23F ningún otro formato había conseguido la repercusión social que esta semana alcanzaba  ‘Rocío, contar la verdad para seguir viva’.

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Antes de su estreno ya se respiraba en el ambiente que algo grande ocurriría con el testimonio de Rocío Carrasco. Telecinco había cebado con maestría la docuserie y la expectación era alta, pero nada hacía pensar la dimensión que adquiriría el formato. Estaba claro que el programa sería una bomba para el mundo del corazón, lo que nadie esperaba antes de su emisión es que el testimonio de la hija de Rocío Jurado derrumbaría los muros del entretenimiento para colarse en la agenda social de este país.

‘Rocío, contar la verdad para seguir viva’ arrasó en audiencias con un estratosférico 33,3% de share y casi cuatro millones de espectadores de media. Pero estos datos, que al final solo son números, se quedarían ahí si no fuera por el impacto mediático que ha generado la docuserie. Políticos opinando sobre el tema, periódicos de tirada nacional ilustrando sus portadas con la noticia y televisiones y radios ajenas a Mediaset dedicándole ingentes horas de debate al tema.

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En un inicio, el reconocimiento al formato y a la realidad que exponía fue generalizado. Gente de toda índole asistía conmocionada al testimonio descarnado de Rocío Carrasco, destacando la importancia de visibilizar el maltrato en un rostro tan reconocible por la sociedad española. Rocío era la voz de muchas, sus palabras eran aliento y una hostia de realidad para todos aquellos que afortunadamente no han vivido la violencia de género de cerca. Las asociaciones de ayuda a mujeres maltratadas destacaban la importancia de su entrevista ante tantos millones de ojos, como una verdad por fin revelada para que otras se animaran a contarlo. Y con eso me quedo.

Pues bien, una vez generado el primer impacto y viendo que la repercusión que adquiría el programa, llegaron los de siempre, los jueces de la moral. Esa gente que ni estaba viendo el programa pero que al verse desbordados por la muchedumbre sintieron la necesidad imperiosa de menospreciar el gusto televisivo de otros. Que si lo que estábamos viendo era un circo, que Telecinco es un estercolero y que éramos prácticamente cómplices del dolor de Rocío Carrasco.

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Los adalides de la ética periodística denigraron a la masa que estaba viendo el programa, tratándola de pobre gente ignorante al servicio de Telecinco. Pero no es nada nuevo. Es un clásico menospreciar a la gente que ve estos contenidos. Cuantas veces al exponer nuestros gustos habremos escuchado la típica frase de: “no entiendo cómo puedes ver ciertos programas”. ¿A caso hemos pedido tú opinión? ¿Qué tipo de autoridad moral crees que tienes para sentar cátedra sobre lo que debería gustarme? El paternalismo que anteriormente ejercía la iglesia católica ahora lo prodigan las elites intelectuales más recalcitrantes.

No hace falta que vengan los moralistas a decirnos que Mediaset es una empresa que solo piensa en ganar dinero. Ya lo sabemos, y lo aceptamos. De la misma manera que un restaurante de comida rápida tiene de materia prima las hamburguesas, en Telecinco la base de su trabajo son las emociones humanas. El interés por las miserias ajenas no lo inventó una cadena de televisión, ya venía intrínseco en el ADN de la historia de la humanidad. Ver la cadena de Vasile no nos hace ni mejores ni peores, solamente nos entretiene, y a veces, como en el caso de ‘Rocío, contar la verdad para seguir viva’, nos conciencia.

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