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La crítica de la semana: Los gozos y las sombras de la televisión en 2020

ANÁLISIS | Resumen 2020

Con el cierre del año llegan los resúmenes de los más celebrados de la cosecha. Está bien ensalzar el trabajo bien hecho pero también hay que señalar todo el estiércol que dejamos atrás. Un 2020 para el olvido en el que la televisión también ha circulado a medio gas, adaptándose a las limitaciones pandémicas y demostrando su inefable poder de acompañamiento en tiempos de recogimiento en el hogar.

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Lo mejor:

Alfons Arús y compañía se han hecho un hueco, o mejor dicho un huecazo, entre los matinales televisivos. ‘Aruser@s’ ya supera cómodamente el 15% de share. Una buena demostración de que el humor y la ausencia de guión pueden ser una buena inyección de alegría para un espectador saturado de sepultureros y telepredicadores en la franja de mañana.

Si el año ha sido bastante mediocre a nivel de entretenimiento televisivo no se puede decir lo mismo en lo que refiere a la ficción española. Del ritmo frenético de ‘Antidisturbios’ al cálido y  reivindicativo mensaje de ‘Veneno’, pasando por las grandes interpretaciones del elenco de  ‘Patria’. Series sin complejos, con guiones que no han caído en la autocomplacencia, sin renunciar en ningún momento a la idiosincrasia del país en el que habitan sus personajes.

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‘Sálvame’, en general y en concreto. Por seguir en todo lo alto después de 11 años en antena y por reivindicarse como un servicio social durante los meses más duros del confinamiento. En cada una de sus versiones y con el añadido del despelote que fue ‘La última cena’ cuando más lo necesitábamos. Merlos Place, caso Mainat o la herencia envenenada de la Pantoja hicieron las delicias de los espectadores.

El asentamiento de Gonzo en ‘Salvados’. No era fácil remplazar el sello de Évole pero el gallego ha sabido dale al programa su propia personalidad. Incisivo sin resultar agresivo, irónico y afable al mismo tiempo.

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El triunfo apabullante de ‘Pasapalabra’ en Antena 3, que no solo sirve para liderar su franja sino para dar alas a todo el prime time de la cadena. Roberto Leal es uno de los valores más seguros de la televisión actual.

Las dos ediciones de ‘La isla de las tentaciones’. Un fenómeno social que rompió con el mantra de que los jóvenes ya no ven televisión, con audiencias estratosféricas para los amantes de las miserias ajenas. Un trabajo de edición y guión encomiable, con el arte de los mejores narradores para racionar la trama de manera magistral.

Lo peor:

AR se radicaliza. Todos ya sabíamos de qué pie cojeaba Ana Rosa, pero tras la formación del gobierno de coalición se quitó la careta, y se convirtió directamente en una ultra. Ya no es que sea de derechas, que podría serlo y tampoco pasaría nada, es que directamente coquetea con VOX. Y se dedica desde su pulpito matinal a minimizar lo que representa el fascismo y a demonizar todo lo que suene de izquierdas o a plurinacional.

Los falsos epidemiólogos. La televisión se llenó de parlanchines, sabelotodo y aprovechados que encontraron en el coronavirus el mejor aliado para acaparar el foco en televisión. Nadie sabía nada de nada, pero muchos aprovecharon para despotricar cuando más necesario se hacía el silencio. Y es ahí, en los momentos más bajos, cuando la miseria humana se aprovecha de la ignorancia para envilecer el discurso. El miedo de unos sumado a la mala fe de otros fue el cóctel perfecto para alimentar el odio. Entre los epidemiólogos más destacados se encontraron Iker Jiménez, Fran Rivera o Pablo Motos.

La vuelta de Cristina Tárrega a la primera línea se saldó con uno de los programas más nefastos de la década. La valenciana volvía 20 años después para reinterpretarse a sí misma en una especie de gag de ‘Homo zapping’. ‘Animales nocturnos’ era un intento de todo sin llegar a ser nada. Un batiburrillo de contenidos y colaboradores que la audiencia sentenció desde el primer día con audiencias por debajo del 10% de share.

Cuando un formato nos lo venden como “fresquito” se avecina tragedia. Y esto es lo que se podía leer en la nota de prensa de ‘Typical Spanish’. Desgraciadamente lo de “fresquito” se terminó traduciendo en una verbena de bar de carretera con más sobreactuación que medios escénicos.  Uno sufría lo que no está escrito al ver a Frank Blanco en este teatrillo de segunda mano en el que debería haber sido su gran salto a la televisión pública. 

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