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La crítica de la semana: Series de usar y tirar

ANÁLISIS | Semana del 18 al 24 de mayo de 2020

La oferta actual de ficción es muchísimo más amplia, pero algo falla cuando el consumidor opta por empezar trescientas series y no terminar ninguna.

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La razón de ser de una serie televisiva reside en la periodicidad de sus entregas. El concepto mismo implica la partición del todo para ser consumido de forma fragmentada. El consumidor cree haber cambiado las reglas del modelo adaptando la emisión de las series a sus horarios, pero son las plataformas las que han manejado el mercado a su antojo. Cantidad e individualidad en detrimento de la periodicidad y la experiencia compartida. El espectador, creyéndose rey y señor de su tiempo, devora sin anhelar nada, devaluando sin saberlo el verdadero placer de una serie: esperar el próximo capítulo.

Las plataformas crean productos de usar y tirar y el consumidor prioriza la novedad ante la constancia. Se endiosa un producto de la noche a la mañana y el paso del tiempo evidencia que la mayoría de las series no aguantan más de una primera temporada, o un primer capítulo. Las plataformas descuidan el porvenir de una ficción de la misma forma que el usuario va abandonado su visualización mientras continua pagando la cuota; esperando más las nuevas producciones audiovisuales que están por llegar a su plataforma que la siguientes temporadas de la series que empezó con tanto apasionamiento.

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El usuario de Netflix y similares no se engancha a una serie en concreto sino a una plataforma y a la novedad que esta le va proporcionando. Se prioriza la pertenencia al club más allá del valor real que ofrecen sus productos a largo plazo. Grandes puestas en escena para los estrenos, capítulos piloto con mucho gancho y una masa de usuarios dispuestos a encumbrar la nueva adquisición de su plataforma. El márquetin, o el boca oreja de toda la vida, hace el resto para sumar nuevos suscriptores dispuestos a seguir contribuyendo a las arcas de las churrerías de series.

‘La casa de las flores’ es el claro ejemplo de este modelo de producción. Redes y amigos bombardeando sus bondades y de ahí la necesidad imperiosa de consumirla. Tras disfrutar como un enano después ver el primer capítulo descubres que a medida que avanza la serie se va convirtiendo en un auténtico despropósito. Pero ya estás ahí, la plataforma te ha captado y dejar de formar parte de ella es prácticamente imposible para un millennial con aspiraciones sociales.

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No es lo mismo devorar un filete de golpe que saborearlo bocado a bocado.Somos niños malcriados que lo queremos todo y lo queremos ya. Lejos quedan aquellos tiempos en los que devoramos dosificadamente del primer al último capítulo de ‘Friends’, ‘Lost’ o ‘Mujeres desesperadas’. Y no es que no se sigan haciendo series de gran calidad, todavía existen. Pero hay tanta morralla que la audiencia picotea de todo sin llegar a saciarse con nada.

Cuesta que las buenas series se conviertan en un fenómeno social cuando están pensadas para el consumo rápido y no requieren del anhelo de la espera. Ya hace un año del final de ‘Juego de tronos’, la última gran ficción que nos quedaba. Quizás no es casualidad fuera de las pocas que continuaba con el modelo antiguo de emisión; fragmentando su distribución y creando expectativa entre sus seguidores tras el fin de cada episodio.

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