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El caso Julen: ¿Hay límites para el sensacionalismo?

Las televisiones se han volcado tanto en la cobertura del rescate del pequeño que han llegado a generar rechazo por parte de la audiencia.

El nombre de Julen ha sido sin duda uno de los más escuchados en las últimas dos semanas. Y no es para menos. Lo ocurrido estos días en Totalán ha mentenido expectante a gran parte del país. Una oportunidad que los medios no han desaprovechado, sino más bien al contrario: programaciones especiales, modificaciones de la parrilla, conexiones constantes con la zona de los hechos… Podríamos afirmar que la saturación informativa ha llegado a límites insuperables.

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No obstante, hay que partir de la base de que a la sociedad española -y a todas en general- le atraen los sucesos y hechos morbosos relacionados con desapariciones, dramas familiares, secuestros, asesinatos… Y así una larga lista de acontecimientos trágicos, especialmente para aquellos que los sufren en primera persona. En otras palabras: el ser humano es un espécimen curioso e inevitablemente siente atracción por las desdichas ajenas.

En esta línea, es lógico que las cadenas se centren en retransmitir este tipo de casos ya que, al fin y al cabo, se trata de información. Sin embargo, existen ciertos límites que en esta ocasión parecen haberse sobrepasado. Aunque no se trataría de la primera vez que un fenómeno de estas características acapara todas y cada una de las ventanas mediáticas de nuestro país. Marta del Castillo, Diana Quer o el pequeño Gabriel son tres ejemplos relativamente recientes que encajan a la perfección con la cobertura televisiva que ha caracterizado al rescate de Julen.

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La frontera entre información y espectáculo

En muchas ocasiones, cuando se trata de realizar un seguimiento de estas condiciones, a veces olvidamos la estrecha línea que existe entre informar y crear un gran show mediático. Precisamente, ha sido la periodista Mariola Cubells quien ha expresado en su cuenta de Twitter su tristeza por la cobertura invasiva que se ha realizado en torno al caso de Julen. “Si fuera nuestro hijo (…) sólo querríamos recuperar su cuerpo y marcharnos a casa a intentar recobrar el aliento, sin cámaras ni preguntas”.

Y no le falta razón. Lamentablemente, la mala praxis de muchos medios les lleva a indagar más en el drama interno de los familiares afectados que en las causas reales del caso. Y no lo hacen por casualidad. Como ya hemos comentado unas líneas más arriba, el morbo y las emociones que desprenden las imágenes y declaraciones de las víctimas colaterales son una pieza clave a la hora de atraer y mantener a la audiencia enganchada a nuestras pantallas.

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Por otro lado, hay una variable más que tenemos que contemplar en este caso concreto. Y es que no ha habido ningún otro suceso a nivel nacional durante las dos últimas semanas capaz de generar más repercusión que el rescate de Julen. ¿Alguien cree que si, por ejemplo, el parlamento catalán hubiera vuelto a declarar la independencia los medios se habrían preocupado como lo han hecho por el caso del pequeño? Suena triste, pero es cierto. Al fin y al cabo, esta es la realidad de cada día. ¿Te has parado a pensar alguna vez el número de desapariciones que hay en España cada año y cuántas aparecen en medios?

Según cifras oficiales, la Guardia Civil abre una media de 14 investigaciones al día por desapariciones. Ahora bien, solo unas pocas llegan a acaparar la atención mediática. Chicas jóvenes, niños y crímenes sexuales son algunos de los temas más atractivos a la hora de generar contenido. Es en estas situaciones cuando sufrimos una sobredosis informativa en toda regla cuyo único objetivo es generar audiencia gracias a las horas y horas de emisión que se dedican a estos casos.

Si queremos informar, informemos. Si queremos convertir la información en un reality show, digámoslo claro y sin tapujos. Lo que no puede ser es que nos dediquemos a espectacularizar sucesos bajo la justificación de que se trata de contenido informativo, cuando no lo es.

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