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La crítica de la semana: Aquellas pequeñas cosas

ANÁLISIS  | Semana del 18 al 24 de junio de 2018

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Dieciséis temporadas con 9 sillas y una mesa. Esta semana decía adiós un clásico de la televisión autonómica, un oasis de entretenimiento diario que formó parte de la vida de miles de catalanes

No hace falta romperse la cabeza con grandes producciones ni elaborar minuciosos guiones para entretener durante horas a la audiencia. Dieciséis años son los que han estado Alfons Arús y todo su equipo animando las tardes de la televisión privada de Catalunya. Y nos decían adiós el pasado viernes, dejándonos huérfanos a todos aquellos que hemos estado allí casi desde el primer día, compartiendo almuerzo y sonrisas con la familia Arús. Y todo empezó sin hacer ruido, con la figura de un presentador reconocido por todos pero en una cadena que partía de cero (y que no tenía claro ni el nombre). ‘Arucitys’ se instaló en los mediodías y empezó a cobrar forma gracias al boca-oreja, la gente hizo suyo el formato hasta convertirlo en un compañero de vida. Uno de esos programas que logran formar parte de las rutinas diarias de la población y cuya desaparición supone algo más que una mera reubicación en la parrilla. 3.380 programas, un premio Ondas y una audiencia fiel que doblaba la media de la cadena casi cada día. Es probablemente el programa español que logró ofrecer un entretenimiento más completo con el menor presupuesto de producción.

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Las limitaciones económicas fueron solventadas con el ingenio de una mente pensante  con más conocimientos sobre el medio que los grandes eruditos de la Academia de la Televisión. No era tarea fácil en Catalunya elaborar un formato basando gran parte de tu esqueleto en los contenidos que genera el entretenimiento español. Para que nos entendamos, al espectador catalán le gusta el cotilleo y la telerrealidad como a casi todo el mundo, siempre y cuando se haga fuera de su casa. Existe una frontera no explícita entre el contenido que ofrece TV3 y el del resto de cadenas estatales, la pública catalana goza en el imaginario colectivo de una etiqueta de calidad que la distingue del resto de cadenas. Aprovechando este nicho de mercado de la televisión catalana, un target que entiende que el entretenimiento va más allá de la actualidad política y del folclore autonómico, Arús arriesgó con un producto muy diferenciado del típico magazine catalán, no tanto por la estructura sino por el contenido abordado. Hizo una televisión popular, que no vulgar, a sabiendas que había un público deseoso de ver contenidos sin prejuicios, de disfrutar de la parte más banal de la vida con buen humor.

“El programa de Arús” ofrecía una visión mucho menos complaciente de los personajes del corazón, con un humor irreverente y un estilo propio del que era cómplice el espectador. Un corrillo desenfadado pero informado, que dio a conocer a la deslenguada Laura Fa y que contaba con un elenco de colaboradores cercanos y mordaces al mismo tiempo. Crearon sus propios códigos, desarrollando las “subtramas” más impensables y desternillantes de las habituales historias del papel cuché, haciendo participe a su audiencia y fidelizándola con los guiños que el programa hacía constantemente a sus feligreses. Más allá de la prensa rosa, el espacio ofrecía una tertulia televisiva novedosa en su momento y que seguía haciendo las delicias de todos los que amamos el medio: exclusivas televisivas, un análisis riguroso pero tremendamente irónico sobre el sector y las valoraciones de críticos de tv con los que aprendí más sobre la pequeña pantalla que durante mis 4 años de universidad. ‘Arucitys’ formó parte de mi vida y de buena parte de los catalanes, un formato que creció en paralelo a los caminos personales de su público, acompañándonos y generando una relación de familiaridad de esas que solo pasan una vez en la vida de un espectador de televisión. “Son aquellas pequeñas cosas que nos dejó un tiempo de rosas”, con el himno de Serrat se despedía un clásico de la televisión catalana que, lejos de morir de éxito, entretuvo a su audiencia hasta el último minuto con la misma ilusión y cercanía que el primer día.

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