Opinión

‘OT 2017’: El entretenimiento como vida

Una vez, Tinet Rubira me confesó que lo mejor de la tele es hacerla, no verla. Y, aunque tenía toda la razón del mundo, hay veces en que esa adrenalina vivida en plató traspasa la pantalla. Hoy, ha sucedido y lo intento analizar.

Joan Ramón Mainat y Toni Cruz revolucionaron la televisión en una época en que España era muy diferente. Sin Internet y un mundo globalizado, los españoles no estábamos acostumbrados  a los grandes formatos anglosajones. Gestmusic (gesto y música) apostó fuerte por todos los géneros y, siguiendo las enseñanzas de Chicho Ibáñez Serrador, nos enseñó que lo más importante era contar una historia.

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La primera edición de ‘OT’ supo captar la verdad de un grupo de jóvenes que llegaban vírgenes al voraz mundo de la televisión. Esta frescura se fue perdiendo en las últimas ediciones (cómo los sucesivos ‘Gran Hermano’). ‘OT 2017’ se ha lanzado a la piscina, y ha escogido a concursantes reales. Millennials enganchados a las redes, a Spotify y a Youtube, pero alejados de los prototipos más resabidos (el influencer, la diva, el patito feo), que forman un todo sin demasiadas fisuras.

La gala 3 será recordada por el número de Amaia y Alfred, el tema más bonito de un musical, “La La Land” que no deja de ser el canto del cisne de toda una generación que quiere perseguir sus sueños en un mundo a la deriva, gobernado por locos y falto de ideales. Durante toda la semana, hemos asistido a la creación de una historia que se ha ido cociendo lentamente, tanto en la academia como en las redes. Desde la emoción de Noemí, al día a día entre Amaia y Alfred o la decisión de tocar la canción en directo y a cuatro manos. La iluminación azulada y ocre, han hecho el resto. Un reto redondo, y mucho más hoy en día, en que estamos acostumbrados al streaming. El programa ha conseguido crear una experiencia colectiva, que será difícil de repetir.

La misma escaleta de la gala ha estado subordinada a este momento-evento, reservando “City of Stars” para al final. Por suerte, el duelo entre los nominados ha sido muy potente y ha demostrado que Juan Antonio es capaz de controlar su voz y ceñirse a lo marcado. La aparición de su mujer y hermana ha ayudado a destensar el número, y ha esponjado un formato tan calculado como ‘OT’. Quizás, en posteriores galas, sería interesante introducir a más familiares (no sólo a la de los nominados) para aportar locura y espontaneidad. Estoy seguro que Roberto Leal, como Jordi González, agradecerá sentarse entre las gradas.

Esta semana, hemos recibido la visita de Julia Gómez Cora, una voz más que autorizada en el mundo de los musicales, y que ha demostrado que la dirección ha preferido aportar jueces profesionales y huir de los comodines típicos de los talent show. Seguramente no es necesario repetir el esquema Simon Cowell (de X Factor) que tan bien funcionó con Risto, pero se echa en falta cierta sinergia entre el jurado. Mónica Naranjo aporta sabiduría, y estamos seguros que tanto Joe Pérez y Manuel Martos irán aprendiendo gala tras gala.

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La semana pasada comentaba que OT 2017 estaba a punto de caramelo. Y esta gala se ha convertido en la consolidación del concurso. Empezando por una estructura más ágil y picada (por ejemplo, con las actuaciones espaciadas de los invitados) o por alguna broma de continuidad plató-academia (cómo esos calcetines comprados en una mercería de Terrassa, que Roberto ha regalado a Aitana). También cabe destacar el incremento del elemento sorpresa (que ya vivimos con el duelo de nominados de la semana pasada). Los favoritos han actuado de manera correcta pero discreta (cómo Marina o Cepeda) y los más justitos se han soltado el pelo (Ana Guerra o Raoul).

Es la filosofía de Gestmusic, que se puede resumir en esta frase: El entretenimiento como vida. Con sus luces y sombras, pero siempre apasionante y vibrante. Un gustazo para un guionista cómo yo, que cada mañana está tentado de tirar la toalla, pero que se reafirma y se arma de valor cuando vive una gala cómo la de hoy.

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