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Opinión

OPINIÓN | Isabel Pantoja, sigue estando a balines

 Por Jesús Carmona.
El porqué de las cosas catódicas.
Alberto Chicote está atravesando un periodo de maremotos mediáticos a cuenta de unas denuncias que lo arrastran a la noria de la insensatez y a un concierto sin melodía, desafinado e imparable. Quieren que padezca la pesadilla de la que tanto se ha vanagloriado en la televisión, pero en su vida, no en cocina. Muchos dueños de restaurantes que depositaron su confianza en él para restituir su vida hecha jirones, lo acusan de haberles horadado su trabajo, dejándolos en el dique seco laboral. Alegan una mala publicidad como resultado del paso de Chicote por sus escombros.
Absolutos desbarres desprovistos de sentido común y cargados de ansias monetarias que les oxigenen esa asfixia hipotecaria que deben sufrir. Me aseguran que desde el programa de Chicote nada se oculta en la negociación y las bases quedan “aclaradas y aceptadas de mutuo acuerdo”. Los protagonistas quedan, pues, advertidos de los pros y los contras. Y entre esos contras, resultan admonitorios sobre los sinsabores que genera el dispositivo televisivo. Por tanto, me confirman que Alberto se carcajea de este embrollo en que se ha visto envuelto.
La que ha reclamado, o más bien exigido cual enviada del Altísimo, ha sido Isabel Pantoja para sentar sus posaderas en el programa de Pablo Motos, ‘El Hormiguero’. Los requisitos han sido tan hilarantes y variopintos que desde la realización del espacio se acordó entrevistarla en diferido para convertirla en un recortable lo más colorido y entusiasta posible. A mí la Panto me fascina desde los albores del Surrealismo. Me parece un personaje extraído de una fabricación a conciencia. Me gustaría mirarla a los ojos y preguntarle si el mundo seguiría girando sin ella, o si se cree un muro de carga.
Seguramente, me mentiría con despacho folclórico. Ha hecho de su vida un arte silente, embalada en un fieltro mediático cultivado a golpes de talón, silencios y arranques de despotismo, sin ilustrar. Canta como los ángeles y sobre un escenario pone a Dios en pie si se empeña, pero viviría mucho más holgada si reconociera que su vida personal y artística no es aquella; que pese a emocionar hasta la sequedad ha surgido de un mundo sórdido y cutre, que ha abonado mucho, ha mantenido muchas bocas, pero que hoy todo eso es un erial resecado, puede, por las ínfulas de querer ser quien la naturaleza no quiso que fuera.
No obstante, lejos de mostrar inteligencia y resarcirse con astucia de un pasado embarazo de negritud, Isabel sigue encajonada en apretarse la coleta con tanta tirantez como estrechez de miras muestra. Su intención es retornar a los focos desde una plataforma sólida, límpida y sin brochazos vulgares. Por eso le han aconsejado que se retoce en Antena 3. Con Pablo recibió un aplauso a perdigones y tan estruendoso que defiendo que eran admiradores en el público. “Es la única entrevista en España que vas a conceder”, adelanta Motos. Mentira, mucha mentira. Muchísima. Se le han propuesto muchas interviús, y hará alguna que otra. Hacedme caso.
Por cierto, como siga levantándose la piel será un lagarto. Me cuesta entrever quién fue. El negro riguroso se debe, seguro, al dispositivo dramático que enciende en cada acontecimiento de su vida. Tiene pintaza de ser intensa en el sentimiento hasta el hartazgo, se lamenta por una pérdida conocida con el mismo desgarro que se le anegan los ojos al saber que este año cae en bisiesto. Me deshice de amor cuando llamó, improvisado, su vástago, Kiko, para mostrarle su amor. Eso sí, no olvidemos que la doña vino a hablar de su libro, perdón, de su disco.
Me ha gustado verla bromear con el ‘dientes, dientes’. Hay famosos que pierden en la entrevista, ésa es Pantoja. Sólo quiero verla cantando y con un Gin Tonic. Sabe que puede exponerse sólo ante quien pregunta por mamarrachadas cómodas. Me gustaría verla entre una jauría de verdades.
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