El Televisero

OPINIÓN | Ana y Ramón, emblemas de una TVE que apostó por la calidad

Por Jesús Carmona
 El porqué de las cosas catódicas. 
                                                                                                                                                                 

El canal público español se reviste de gala para festejar, un tanto desdibujado y borroso por el paso del tiempo y la mala ejecución, 60 años de existencia. RTVE ha alfombrado su memoria, y ha dejado que nosotros, los espectadores, sus mayores reprensores, nos deslicemos por la pista de patinaje de la nostalgia, así como nos dejemos llevar por la bandera del rencor. La misma que han tejido, con una melindrería exquisita, los que escupieron el rigor, la calidad y el respeto del ente de todos. 
Entre todos la mataron y ella sola se murió. Nunca mejor encajó tal dicho en mi monólogo. Al mayor canal nadie lo veló, ni qué decir mimó, en su época más lóbrega. Los que llevan la preponderancia se inocularon una vanidad que nunca cuestionaron, dándole un manotazo a la publicidad, aduciendo que no podían asumirla. Y, tócatelos, que sobrevivirían. Y el resultado fue que su pundonor acabó flotando, como la mierda, en aguas putrefactas. Se han hecho y se hacen intentos que caen en saco roto, que pasan inadvertidos. Y llevan un historial milenario de espacios basureros en cuanto a aceptación de audiencia. 
Desde mi incultura televisiva pienso que no todo obedece a la falta de audiencia, entra arrolladora la credibilidad. Política. Es un debate del que me alejo, por falta de conocimiento y de interés. Un día pusieron a un señor de mandatario y, desde sus gafas de culo de vaso, consideró retrotraernos al pasado más cañí. Se pegó un resbalón de cojones tan sólo con reponer ‘Ana y los 7’ en una tarde de verano. Hay que quererse a uno mismo para tamaña idiotez. Y la audiencia le hizo un traje de madera. 
¿Hablamos de un pasado más esplendoroso? Un pasado donde el confeti, lo naíf y lo nacarado, colmaban una realidad vista por una cantidad indecente de espectadores. Entonces no había cabida para tanta TDT y tanto canal. TVE era la madre patria, todo lo dictaba a su son la santa señora. Galas de calidad, en las que se echaban billetes, en este caso pesetas, y que se traslucían en audiencia magnánima y renovación de temporada instantánea. 
Pensar en los ochenta y noventa -es cuestión de logística, antes no lo experimenté, bastante ejercicio hago con rememorar en la red los ochenta-, y no hacerlo en Ramón García y Ana García Obregón es una blasfemia. Todo eran ellos. Ponías la televisión antaño, me relatan mis abuelos, y ambos eran el Jorge Javier y la Padilla de ahora. El dúo indivisible, eran el Tip y el Coll de la insolencia rancia, el champú y el gel de la mina, siempre picando a cuatro manos, digamos esotéricas, por una clausura contractual por la que siempre se los presuponía juntos. Me aseguran que su caché por aquella meliflua época era desorbitado, los mejores pagados de la televisión. 

Ana Obregón era la reina indiscutible de todo aquello que acariciaba. Rememora con especial emoción el rodaje de ‘Hostal Royal Manzanares’, con la irrepetible Lina Morgan. Asevera que se fraguó una amistad colmada de complicidad. Independientemente del proyecto que la ocupara, contaba con un camerino fijo en La 1. Y su romance crepuscular con la prensa del corazón la catapultó sin techo. Hubo una época en que el presidente de TVE la reunió en su despacho para distribuir en una pizarra sus dobletes televisivos, puesto que echaba 16 horas seguidas en el ente público, habida cuenta de ‘Qué Apostamos’ y la serie de televisión ‘A Las once en casa’, junto a Resines y Carmen Maura. Me relata un amigo íntimo de Ana que durante el rodaje de Blasco Ibáñez -concordándolo con dos series y un programa- sufrió un vahído que la hizo desfallecer. Ella misma define su época de ‘Ana y los 7’ como la más exitosa y desgraciada de su vida, puesto que echaba más horas en una grabación que en casa. Y eso no es exageración, como nos tiene acostumbrados Obregón. 
En el caso de Ramón García su historia se escribe con vivencias en ‘Grand Prix’, ‘La ruleta de la fortuna’, o ‘La llamada de la suerte’, entre otros espacios. Por no mencionar las galas de fin de año, de las que constituye un emblema. Es el presentador que más nuevos años nos ha deseado desde la puerta del Sol. Y más de la mitad de estos, los llevó de la mano de Ana Obregón. Su última retransmisión conjunta fue en 2005. Ambos se distanciaron profesionalmente, coincidiendo en otras cadenas de manera puntual. Pese a que ambos tomaron nuevos rumbos, no dudan en catalogar su buena racha en TVE como la época más maravillosa de su vida laboral. 
A veces, desde esta actualidad acribilladora e inflexible con la naftalina, miro de soslayo la nostalgia de aquellos años de inocencia y gracilidad. Pero bueno, el pasado es pasado. Está ahí para refutar que sí, hubo un tiempo mejor. Felicidades, TVE, qué pena que ya no te acuerdes ni de quién fuiste. Allá donde estés, quiero que sepas que nosotros sí lo recordamos. 
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