El Televisero

OPINIÓN | La dura decisión de Teresa Campos

Por Jesús Carmona.


El porqué de las cosas catódicas.

Era un día cualquiera, apenas se notaba el sol despuntando, cuando Mamá Campos pide, escueta y gélida, su desayuno a María. La chica, que tonta no es, se lo sube rauda al percibir un tono crispado en su voz. Crispado y titubeante. Una mañana complicada, de decisiones que marcan un viraje en tu vida personal y profesional y que suponen un peaje estético de toma pan y moja. 
De alguien, no lo olvidemos, que siempre ha enarbolado su buen hacer televisivo y su innovación en temas periodísticos. Fue pionera en el debate de mesa en televisión española, además de serlo en esta montaña rusa que le ha supuesto a la matriarca abrir las puertas de lo íntimo. Sí, fue pionera incontestable, pero un día tuvo que pisar tacón en terreno denostado, en espacio que si bien abonaba su hija, para ella suponía un descenso a los infiernos y un retroceso laboral. Insisto, para ella. Pero la audiencia sentencia, y ella quiso estar en la ejecución sentada en el sofá que tiene en su habitación solariega. Teresa Campos se tomó su primera tostada de aceite, su ritual mañanero, y tragó tostada y puede que orgullo de periodista y regocijo de madre. 
Sobre las 9:30 de la mañana, desayunada, pidió que no se la molestara. Igual que hace cuando Bigote Arrocet la visita en su alcoba. Llama, temblorosa y con la boca seca a Mediaset. A un despacho importante. La charla deviene en buenas cosas y la respuesta de Campos es positiva. “Sí, hago el documental, pero con matices. No me gusta que se le desbarate con términos como reality o cosas así, y todo corre de mi supervisión”. La mamá vio el bruto, integro. Esbozó sonrisas satisfactorias y también torció el morro en determinados momentos. Me aseguran que pidió suprimir el momento en que María, su asistenta, le trae a Carlota Corredera carne para comer cuando ella había pedido tortilla. Ahí hubo unos minutos de tensión irrespirable y de miradas punzantes que remataron en cocina. Cortaron en el límite para no romper el hilo conductor. 
Y me siguen desgranando que Bigote salió por patas cuando Campos le confesó que venía Terelu a comer, esgrimiendo cosas endebles. Buen rollo nunca hubo, y me aseveran que en Qué tiempo tan feliz no se saludan entre bambalinas. No hay sintonía y ambas partes quieren que siga siendo nefasta. A Terelu no le agrada la presencia de Bigote y a éste le resulta la hija más déspota. En cambio, con Carmen Borrego, quien cierra el círculo, tiene más química. Ésta también se llevó reprimenda tras el especial posterior a la emisión del documental. Su madre, en una pausa de publicidad, la amonestó por decir que había habido mentiras: “Coño, que eso lo diga otra, vale. Pero tú no lo consiento. Bastante me ha dado éste”, dijo la madre. Éste es Antonio Rossi, que la hizo enfurecer al dar a insinuar que su pareja se estaba aprovechando de su buen nivel de vida. 
María Teresa Campos aceptó hacer este documental por su hija Terelu. Para que ella se luciera y brillara, mostrara su parte más íntima y desgañitada. Mamá Campos quiere dejar a su hija en su programa estable, de calidad y con cargo de raigambre. Y para llegar a eso, hay que caminar entre pinchos y malas hierbas. Es un espacio para su hija, en el que ella se mantiene en una sombra débilmente iluminada. Las cosas de las madres. Quién le iba a decir esto a la que un día escupió un “gilipollas” desde Antena 3. Ay, ay… 
Otro cosa, aparte de esta innovación por parte de Mediaset en época estival, menuda mamandurria de programación han colocado el resto de cadenas. Qué poco se apuesta por el verano. Money, money. Claro que con el desplome de audiencia que se produce, a lo único que aspiran es a hablar con ellas. Y con fecha de caducidad. 

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