El Televisero

OPINIÓN | El poder beatífico de Rocío Carrasco

 
EL PORQUÉ DE LAS COSAS CATÓDICAS | Por Jesús Carmona.

 

Este sábado puse ‘Qué tiempo tan feliz’ porque soy de los pocos, por lo visto y olfateado, que siente morriña por cómo presenta Terelu Campos. Me gusta el corte riguroso, profesional, aterciopelado que le pone a todo, por defecto. Igual da que tenga delante a una gran dama de la escena que –como antaño en tiempos de ‘Deluxe’, rosas y bendiciones- a Techi, la ex de Alberto Isla. Terelu es de esas presentadoras que aunque se embarren imprimen a todo una dignidad creíble pese a lo engolado. Siempre que la veo tengo la misma sensación: la tía se piensa que está en la CNN.

Lo dicho, que este sábado puse el programa porque sabía que lo presentaba Terelu, ya que su madre, Teresa, se encuentra invalidada anímicamente por la súbita muerte de su hermana. Y mientras gozaba con Terelu, reflexioné muy mucho sobre el poder en la televisión.

Sí, parece de chiste que vea a Terelu y evoque al poder verdadero. Hablo de ese poder real, el que se encuentra soterrado, en la sombra, en un púlpito lúgubre, dictaminando. Y desgranando, me pregunté si Rocío Carrasco, gran amiga de las Campos, había ido a Málaga para trasladarle el hondo sentir a Teresa. Y ya me quedé con Carrasco, que de poder entiende un rato largo.

Yo no sé si ustedes, desde casa, sienten la misma curiosidad lujuriosa e insana que yo por el ascenso mediático que sufrió hace ya un tiempo Rocío Carrasco. Esta chica bien, que desde que su famosa madre dejara el terreno de los vivos optó por un hermetismo asfixiante, asomó la cabecita justo, fíjate, cuando su hija cumplía la mayoría de edad.

Rocío y su hija tienen una relación de todo menos bien avenida y afectuosa. Esta niña, cuentan los malos, tiene mucho rencor enquistado, que hace tiempo posó sobre la cabeza de su madre una nube amenazadora con forma de plató de televisión con objeto de departir sobre el ayer, el hoy y el mañana. Y no sólo de su madre, sino de cositas familiares que harían salivar orgásmicamente a gente concreta de Mediaset.

Y como es entendible, Carrasco se atusó las polillas, se acicaló, cambió de look, hizo por verse en las revistas, y dijo: “Hey, colegas de antaño, he vuelto”. Y no se crean ustedes que esos colegas son el jardinero o el hombre amable del quiosco de la esquina. No, qué va. Ella quiso recomponer amistades provechosas, esas que resguardan, protegen y son una inversión a largo plazo. ¿Dónde tiene tribuna su hija para hablar, en el caso de que lo decida? Telecinco. Vamos a hacernos más íntimos aún de algunas personas importantes que encabezan productoras de éxito.

Y ahí la tienen, afincada de lleno en una productora. Cierto es que aterrizó sin condicionales, un tiempo sobre la marcha. Oteando cómo se desarrollaban las cosas, pero ahora ya tiene el control emocional y afectuoso de aquellas personas vitales. Ya Rocío es fuerte, ya pone los puntos sobre las íes, ya rubrica contratos con letra pequeña pero favorable. Y todos salen ganando. Y ahí la tienen, ahora como embajadora de ‘Cámbiame Premium’, el espacio que presentará Jorge Javier Vázquez. Ya ha perdido músculo televisivo su hija, que aunque haga ‘toc toc’, hay cláusulas que la repudian. Ahora la niña apuñala la llaga con fotos con su padre en las revistas. Y como decía antes, ése es el verdadero poder. El auténtico, el fuerte, el cristalino. El que no se ve, el que se gana con el silencio, el que se fortalece con llamadas privadas.

Por cierto, cambiando un poco de tema aunque sigamos con el poder, me consta que Mariló Montero anda que fuma en pipa. Echa fuego, está asqueada, indignada y muy enfadada con los medios de comunicación a los que no les ha temblado el pulso en publicar cosas que según ella son falsas. Sé de primera mano que considera “una aberración y un atentado” que se insinúe que ella ha sido la promotora para que los trabajadores fijos de TVE sean despedidos. Confirma en la intimidad que la rúbrica de su nueva incorporación a ‘La Mañana’ ha sido un poco tensa y bélica, pero de ahí a lo que cuentan, hay un abismo. Y yo me la creo, con pinzas y objeciones.

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