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El Televisero

OPINIÓN | La cara B de la audiencia millonaria

 
EL PORQUÉ DE LAS COSAS CATÓDICAS | Por Jesús Carmona.

 

Me enternece la capacidad de unión, la solidaridad y el hacer piña que siente cuando pintan bastos internamente. Es fascinante comprobar cómo miden los niveles de lo que pueden o no publicar. Está todo milimétricamente calculado, tanto los suicidios televisivos como los asuntos escabrosos vedados con un manto sagrado y silente. Su política es algo así como “campo abierto para mordisquear, hasta que se toca hueso. Habrá algunos que se puedan relamer incluso, pero otros están prohibidos”. El campo abierto parece haberle tocado a la familia Mateo estas semanas. Esto, que insisto, me enternece y que no es una mala crítica, me recuerda a una película que vi hace unos días, Somos lo que somos.

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La cinta cuenta la historia de los Parker, una familia ermitaña que vive al margen de la sociedad y que al morir la matriarca, las hijas han de tomar el mando de una tradición familiar, en nombre de Dios. La tradición no es otra cosa que matar a personas para comérselas. Sí, la familia come carne humana. Y lo llevan con un estoicismo fabuloso y silente. También me enternece ese brazo partido, ese navegamos todos al unísono, ese sentido de lo familiar. Las hijas, al principio, tuvieron momentos de debilidad, pero dos frases del patriarca fueron suficientes para reconducirlas por el buen camino. “Dios lo olvida todo”, repite el padre ante la rebeldía de sus hijas.

No obstante, el secreto queda desvelado por dos tropezones mal medidos. Y cuando el camino se estrecha inexorable hacia la verdad, las hijas, aun rebeldes, deciden comerse a su padre. A mordiscos puros y duros. Os cuento todo esto porque cuando los tiempos invitan a vinos y rosas, la unión no tiene mérito. Realmente es meritorio cuando se aproxima tormenta. Y estas hijas, movidas quizá por la tiranía de un padre en realidad mediocre, se desviaron por lo fácil. Y ahí entra la buena acción de Telecinco para mí: se desliza que en tiempos aciagos saben resguardarse. Incluso, a veces, dominan como nadie el nadar y guardar la ropa a tiempo.

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Nada se ha dicho sobre los problemas de María Teresa Campos con Hacienda; ni una mínima mención se realizó cuando salió a la luz la imputación del novio de Paz Padilla en el caso de los ERE en Andalucía; el espectador aún no sabe oficialmente por qué Terelu Campos ha sido relegada como presentadora; 6 meses de cárcel para Kiko Hernández por problemas legales que quedan en agua de borrajas.

Hay protegidos e intocables. Los hay, y veo correcto que los haya. Hay silencios entendibles, sin caer en la demagogia barata. Entendible también es, por ejemplo, que no hablen de sus fracasos. Que no reconozcan públicamente que ‘Pasaporte a la isla’ va cuesta abajo y sin frenos. Como digo, entra dentro de la lógica que intenten salvar la ropa de la quema.

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Lo que ya no es tan comprensible es que personas como María Teresa Campos intenten torpedear la libertad de expresión y secuestrar publicaciones cuando éstas no son del todo favorables a su imagen. No defiendo los aquelarres, ni la desmesura, ni los linchamientos. Pero cuando una noticia es cierta, comprendo que es una actitud dictatorial revolverse contra la evidencia y hacer llamadas intempestivas con el objeto de destrozar el trabajo periodístico. Y sé, Teresa, que eso se ha hecho.

Me aseguran que vienen tiempos duros, que de un tiempo a esta parte, hay una lupa en la sombra controlando los números que entran y los que salen. Por eso me consta que el otro día le cayó la de San Quintín a Belén Esteban después de que descargara contra el porcentaje que se llevó Hacienda de su premio de ‘Gran Hermano VIP’. Tras el programa se le conminó a no volver a meterse en terrenos fangosos de los que puede salir mal parada. Sobre todo, porque precisamente aquellos a los que dispara están aún con la mosca detrás de la oreja sobre un dinero que Esteban podría tener en las Islas Caimán. Hecho que se desmintió, pero no se probó con documentos. A veces es preferible tener la audiencia de TVE. El foco del éxito tiene su cara B.

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